jueves, 20 de septiembre de 2007

La selleción de Wolksvagens

La redacción que sigue más abajo, fue escrita por un candidato en una entrevista psicotécnica de Selección de Personal en la firma Wolksvagens.
La persona fue aceptada y su texto está haciendo furor en Internet por su creatividad y sensibilidad.
Evaluemos su contenido y analicemos por qué este candidato se diferenció del resto.
Noticia Completa
Ya hice cosquillas a mi hermana sólo para que dejara de llorar, ya me quemé jugando con una vela, ya hice un globo con el chicle y se me pegó en toda la cara, ya hablé con el espejo, ya jugué a ser brujo. Ya quise ser astronauta, violinista, mago, cazador y trapecista, ya me escondí atrás de la cortina y dejé olvidados los pies afuera, ya corrí por el timbre del teléfono, ya estuve bajo la ducha hasta hacerme pis.
Ya robé un beso, confundí los sentimientos, tomé un camino errado y sigo andando en lo desconocido. Ya raspé el fondo de la olla donde se cocinó la crema, ya me corté al afeitarme muy apurado y lloré al escuchar determinada música en el ómnibus. Ya traté de olvidar a algunas personas y descubrí que son las más difíciles de olvidar. Ya subí a escondidas a la azotea para agarrar estrellas, ya subí a un árbol para robar fruta, ya me caí por una escalera. Ya hice juramentos eternos, escribí el muro de la escuela y lloré sentado solo en el piso del baño por algo que me pasaba, ya huí de mi casa para siempre y volví al instante siguiente. Ya corrí para no dejar a alguien llorando, ya quedé solo en medio de mil personas sintiendo la falta de una sola. Ya vi ponerse el sol y cambiar al rosado y al anaranjado, ya me tiré a la piscina y no quise salir más, ya tomé whisky hasta sentir mis labios dormidos, ya miré la ciudad desde arriba y ni aún así encontré mi lugar. Ya sentí miedo de la oscuridad, ya temblé por los nervios, ya casi morí de amor y renací nuevamente para ver la sonrisa de alguien especial, ya desperté en medio de la noche y sentí miedo de levantarme. Ya aposté a correr descalzo por la calle, grité de felicidad, robé rosas en un enorme jardín ya me enamoré y creí que era para siempre, pero era un "para siempre" por la mitad. Ya me acosté en el pasto hasta la madrugada y vi cambiar la luna por el sol, ya lloré por ver amigos partir y luego descubrí que llegaron otros nuevos y que la vida es un ir y venir permanente. Fueron tantas cosas que hice, tantos momentos fotografiados por la lente de la emoción y guardados en ese baúl llamado corazón. Ahora un formulario me pregunta, me grita desde el papel: -¿Cuál es su experiencia?
Esa pregunta hizo eco en mi cerebro experiencia... experiencia...
¿Será que cultivar sonrisas es experiencia? No, tal vez ellos no saben todavía ver los sueños. Ahora me gustaría preguntarle al que redactó el formulario: ¿Experiencia? ¿Quién la tiene si a cada momento todo se renueva???

Poema 20 de Pablo Neruda

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo ella tambien me queria.

Algún día, me lo tengo que aprender de memoria...

Proisraeli de izquierda... ya somos dos

Podría encabezar este breve artículo de apoyo al derecho (y si me apuran, a la obligación moral) del joven Estado de Israel a existir, y a existir libre de las amenazas del tipo de «echemos a todos los judíos al mar» con que sus vecinos árabes «salu­daron» su creación a fines de 1947, tan sólo dos años después de la derrota nazi, con un sinfín de tristes y rocambolescas anécdotas.
Aquella vez, por ejemplo, en que a mis dieciséis o diecisiete años le escuché decir estupefacta a un joven cono­cido madrileño que no pensaba acompañarme al cine a ver Manhattan, de Woody Alien, «porque él es uno de ellos, no. Y ya sabes, están en todas partes, con su maldita propaganda de víctimas mientras asesinan a los palestinos».
O la ma­ñana en que, a punto de examinarme en Toulouse del BAC (bachillerato francés, equivalente al último año del selectivo universitario español), oí, a las puertas mismas del aula del St. Sernin, susurrar a una chica: «Qué mala suerte, nos cae en el oral de inglés una youpine de mierda» (youpin, youpine es el término despectivo con el que los antisemitas franceses denominan y creen denigrar placenteramente a sus compa­triotas judíos). O las veces en que, presentando o a punto de presentar en diversas ciudades mi última novela, Velódromo de invierno, ambientada durante y después de la gran redada nazi-vichysta de París en julio de 1942, hube de soportar los ciento y un comentarios de esta índole de un público que en su casa y en el bar seguro que no se define a sí mismo como «racista».
Claro que alguno de ellos dirá, traicionado por el lenguaje católico inquisitorial-caritativo de parroquia rancia y función fin de curso de sus niños de uniforme, «qué ricos son los niños negritos»... Vayan algunos ejemplos elegidos al azar de una memoria de hartazgo. Una mujer de mediana edad en la feria del libro de Madrid: «Ay, hija, ya con esa estrella amarilla en la portada, pues me pienso si comprarlo, mira tú, entre que no aguanto tristezas, con lo dura que está ya la vida si en vez de distraernos leyendo la pasamos mal, y a fin de cuentas ellos le están haciendo lo mismo a los palestinos, ¿no?»
Un hombre cincuentón y bien trajeado en la Feria del Libro de Sevilla: «¿Escribiste esto para que te hagan pelícu­la? Porque como ellos tienen tanto dinero en Hollywood y estos temas son los suyos.... Te creía de izquierdas, sabes, pero ahora... Ahora veo que eres como ellos. Judía. Una de ellos. Ya no te volveré a comprar, porque estoy con Arafat.» El colmo fue ya, en Málaga y tras una conferencia, cuando una señora, que se levantó iracunda de su asiento, me espetó: «He vivido muchos años de emigrante católica y franquista (a mucha honra) en Alemania... Y allí todos sabían que los muertos judíos no pasaban de cuatro millones... Todas esas cifras de los seis millones son exageraciones propagandísti­cas de comunistas y pro comunistas como tú.» En fin. Podría hablar de esas y de tantas otras ocasiones, pasadas, recien­tes, inminentísimas y sin embargo atemporales porque están fijadas en un imaginario que durante siglos de abyección demonizó al «otro», al «descendiente de los asesinos del hijo de Dios», hasta colonizar por abrumadora mayoría el incons­ciente colectivo español cuyo cobarde discurso de cristiano viejo es siempre el «aquí no somos racistas, pero...», en que me observé y sentí en franca minoría a la hora de analizar y comentar la cuestión judía, el drama de Israel.
El drama de una nación de nacimiento consensuado por otras naciones, es­poleadas por el espanto y la culpa del Holocausto, en primer lugar por la extinta URSS, que dos décadas más tarde dio un giro a su política exterior para jalear a los peores regímenes teocráticos (pero ya hubo el precedente del aberrante pacto germano-soviético), del mismo modo en que hoy en día los Estados Unidos se alían con la teocrática y pisoteadora de los más elementales derechos humanos Arabia Saudita, cuyos códigos wahabíes religioso-feudales reducen a las mujeres a meras pertenenencias de los señores medievales y escla­vistas con ordenador portátil de ratón de oro bajo la chilaba rezumante de petróleo.
Siempre hay un pero, y un empero, y un sin embargo, en esa clase de prolegómenos racistas y ahistóricos nacidos de una identidad forjada a través del sín­drome de la exclusión y del temor a la modernidad. Hablo de la identidad española, en este caso.
En cuestión antisemita, tras las infamantes expulsiones de 1492 y, al cabo de siglos, la atroz dictadura filo nazi del general Franco, España no se queda atrás a la hora de la abyección (únicamente las Cortes Republicanas, a través de Fernando de los Ríos, hablan du­rante la Constituyente de una «reparación histórica» en el caso de los sefardíes miserablemente expoliados de sus vidas y bienes y arrojados de su tierra por la brutal orden de des­tierro de sus cristianísimas majestades), por mucho que los voceros de derechas e izquierdas sin demasiada sustancia, y sí mucha arrogancia cultural, y escasa memoria y enten­dimiento históricos, que llenan columnas de periódicos y espacios radiofónicos, diserten con la falsa autoridad de un Américo Castro en tantas tertulias vanas o venales y verbo in­sólito de analfabetos (ese «primar» en lugar de «prevalecer», entre otros muchos ejemplos).

No quería hablar de mí, ni de mis experiencias, en realidad. Pero es que en pocos países he hallado un antisemitismo tan artero y a flor de piel como en esta vieja península ibérica donde se suicidó Walter Benjamín, y donde el periodista Julián Zugazagoitia y el presidente Lluis Companys fueron entregados por la GESTAPO al tribunal franquista que selló su muerte entre otras miles de muertes por boca de fusiles, apli­cando las leyes nazis retroactivas frente a la tapia o muerete que los vio caer. No soy una entusiasta de la palabra patria..., pero me gustaría recordarle al mundo hispano que a mi libe­ral «patria de todos», la presidida por ese gran intelectual, escritor y persona que fue Manuel Azaña (a quien también la GESTAPO fue a buscar, por fortuna infructuosamente, muy poco antes de su muerte desdichada en el exilio), vinieron muchos, muchísimos, judíos del mundo entero —y de todas las tendencias— a defenderla cuando sus libertades constitu­cionales se vieron amenazadas por la agresión nazi-fascista... Porque su libertad era la suya, y la suya era la de ellos, la nuestra. Porque hubo dos revoluciones burguesas, la ameri­cana y la francesa, que lucharon por su emancipación y sus derechos civiles... Porque la punta de lanza de la emancipa­ción judía ha estado y está con los defensores de la libertad.
Si me preguntan en España acerca del problema árabe-israelí, o israelo-palestino, muchos de mis interlocutores siguen sorprendiéndose cuando les respondo que soy inequí­vocamente pro israelí. Y que ser pro israelí no significa otorgar cheques en blanco de simpatía a «ningún gobierno» (obvia­mente, soy muy próxima a los ideales de Barak y de Shlomo Ben Ami, y no lo soy en absoluto a los de Netanyahu o de Sharon). Pero tengo muy claro que defender a Israel, a ese pequeño y valiente país que lleva desde 1948 aguantando el desgaste psicológico y ético de una amenaza militar continua cuyos ataques sufrió y no provocó, implica también hacerlo en sus horas malas, en sus horas trágicas de ataques de mártires terroristas suicidas palestinos que en nombre de la teocracia más aberrante se autoinmolan asesinando a bombazos a la población civil indefensa a la espera de una recompensa del paraíso de harenes poblados por «huríes», o mujeres-ángeles reconvertidas en prostitutas celestiales a mayor gloria del machismo triunfante del integrismo islámico. Precisamente porque soy de izquierdas, oriunda de una tradición ilustrada, defiendo el derecho a existir de un pequeño territorio y gran nación soñado por Herzl, el periodista que cubrió asqueado el infame proceso antisemita al capitán Dreyfus orquestado por la Francia reaccionaria que décadas después engendró a personajes como el repugnante Darquier de Pellepoix (ex delincuente financiero) o el Céline de Bagatelles pour un massacre, tan aplaudidos en los salones colaboracionistas o en las revistas vendidas a la nueva Literatur. Si no existiera Israel, en Europa la población judía seguiría siendo asesinada por los pogromschicki (perpetradores de matanzas rituales, gene­ralmente cosacos). Norman Cohn, historiador y autor de un ensayo tan imprescindible como lo es El mito de la conspiración judía mundial, donde analiza la falsificación de esos supuestos Protocolos de los sabios de Sión (Alianza Editorial, 1983), plagia­dos y horrendamente tergiversados a fines del siglo XIX por la Ojrana —la policía zarista— de un texto sobre Maquiavelo de Maurice Joly, un olvidado y decimonónico ensayista pro­gresista francés que se hubiera revuelto en su tumba ante semejante manipulación, demuestra en su ensayo cómo a partir de la Revolución francesa y del posterior dominio na­poleónico, los partidarios del Antiguo Régimen identifican judaísmo con modernidad urbana y cambio social, y or­questan una campaña de difamación basada en el supuesto «gobierno mundial de los sabios de Sión». Entroncándolo con el viejo mito antisemita «creado» por el cristianismo, religión de «hijos» de un «hijo» que jamás se declaró otra cosa que judío y se erigió en cualquier caso más jefe político que Mesías, en rebeldía contra los padres fundadores. Creado. Pues fueron los cristianos, en buena parte descendientes de judíos, quienes buscaron la separación y, para ahondar la falla, sem­braron la simiente de la animosidad. Recordemos que en la época, entre los siglos III y IV d. C, en que la iglesia y la sina­goga competían para obtener el favor de nuevos fieles en el mundo helénico, san Juan Crisóstomo tildó, en la Antioquia donde tantos oscilaban entre la religión primigenia y la nue­va, a la sinagoga de «el templo de los demonios... sima y abismo de perdición». Recordemos (mi admirado y querido científico, ensayista y ex resistente Claude Lévy, cuyo ensayo, confirmado por el difunto Paul Tillard, La grande rafle du veldliiv -éditions Roben Laffont, París, 1967 et 1992- me fue básico e insustituible a la hora de escribir mi novela Velódromo de invierno, lo cita con cariño y emoción indudables) el ensayo del historiador francés Jules Isaac, L'enseignement du mépris... Tres o cuatro generaciones de escolares franceses han crecido estudiando en las aulas la historia de su país en el manual Mallet et Isaac... La historia escrita de un país cuyo régimen vichyista, tan favorable a una ocupación alemana que casi aplaudió en los términos mismos del deshonroso armisticio, entregó, por medio de sus gendarmes republicanos, a la es­posa e hija refugiadas en Clermont-Ferrrand del intelectual francés a sus asesinos alemanes. Murieron en los campos. Wurden Wergast. Gaseadas. Como tantos otros, centenares, miles, millones. Y Jules Isaac, el ferviente patriota que le ha­bía explicado en sus libros de texto a los niños de la «dulce Francia» y la escolarización republicana, laica, gratuita y obligatoria, los entresijos de la historia y los vaivenes de las memorias colectivas a través de los actos fechados, buscó inú­tilmente durante un tiempo sus nombres en las escasísimas listas de supervivientes chincheteadas por las estancias del hotel Lutétia que antes acogió a los torturadores de la GESTAPO y a partir de la Liberación fue sede de los pocos y esqueléticos supervivientes del infierno nazi... En L'enseignement du mépris («La enseñanza del desprecio»), Jules Isaac escribe: «Cierta educación cristiana, profesada de siglo en siglo, generación tras generación, ha terminado por incrustarse, a través de millares y millares de voces, en la mentalidad cristiana..., ha forjado su subconsciente [...] La responsabilidad alemana ha venido a añadirse, por terrible que ésta sea —como el más repugnante de los parásitos — a una tradición secular, que no es otra que la de la tradición cristiana [...] Sí, incluso después de Auschwitz, Maidanek, Dubno, Treblinka, ese antisemitis­mo cristiano existe. Y no ve, no advierte el nexo subterráneo que lo une al antisemitismo nazi, a ese antisemitismo de corte anticristiano que recientemente arrasó.» Recordemos (recorté para guardarla la fotografía, publicada por varios diarios españoles el 12 de noviembre del 2001, como argumento contra quienes me acusan de ¿fílosemita? o directamente de «impe­rialista», absurdo para quien se movilizó, y mucho, contra las criminales agresiones de Reagan a la Nicaragua sandinista que supo perder sus elecciones, esas que, por ejemplo, no convoca Castro) esa imagen de saludo fascista, tomada en Beirut, «brazo en alto» y ante clérigos chiíes, de los más de mil nuevos reclutas de la guerrilla Hezbolá formalizando su promesa de lanzar ataques terroristas suicidas contra Israel... ¿Están ciegos quienes en España llaman desde la izquier­da «juguete de los USA» (que hasta la guerra del 67 no ayudó militarmente a Israel) al país que vio nacer al extraordinario movimiento «Paz Ahora», al país de los kibutzim y los grandes escritores críticos, al país que, tras la matanza, consentida por tropas israelíes y perpetrada en su territorio por las falanges libanesas, de los desdichados palestinos de Sabrá y Chatila, vio en sus calles la mayor de las manifestaciones de protesta —más de quinientas mil personas reunidas en Tel Aviv en un país de cinco millones, de los cuales un 20 por ciento es árabe israelí— y repulsa por el crimen presenciado? ¿Están ciegos o no saben?¿No saben acaso en España quién empezó la guerra del 48 y se negó a la creación de los dos Estados, judío y palestino, preconizados por la ONU muy poco después de la heca­tombe nazi y del imborrable horror del Holocausto? Fueron los países árabes limítrofes y agresores quienes iniciaron la guerra interminable, porque querían «todo o nada». Y el lema que unió a sus dictadores gerifaltes — ¿es necesario recordar la matanza de comunistas kurdos e iraquíes que organizó en la década de los sesenta un Sadam Hussein, luego muy apoyado por las hipócritas administraciones republicanas estadouni­denses que veían en él a un «amigo de occidente?» — no fue otro que el viejo de «echemos los judíos al mar».
¿Saben los españoles -nacidos en este país de difusa memoria judía e identidad nacional construida a partir de la culpa conversa, la vergüenza y el rechazo de todo lo judío, así como del elemento morisco, incorporado a nuestra cultura, a diferencia del primero, de resultas de una serie de invasiones— que la tradicional «amistad hispano-árabe» del franquismo tiene unos antecedentes netamente hitlerianos? ¿Conocen los jóvenes manifestantes españoles propalestinos de buena, buenísima voluntad en la mayoría de los casos y generoso dolor por la población civil de Gaza y Cisjordania avasallada en la actual situación de guerra, los anteceden­tes del gran muftí palestino Al Husseini, durante los años treinta? ¿Saben acaso que fue íntimo amigo de Hitler — tenía inmensos ojos azules, eso ayuda-, espía suyo a favor de su repugnante «Reich de los mil años»?
¿Saben que era recibido como un héroe en los salones nazis?
¿Saben que sus partida­rios perpetraron atroces matanzas de refugiados judíos del terror nazi antes de la creación del Estado israelí, en plena guerra mundial entre los aliados y el Eje que arrasó Varsovia, Coventry, Rotterdam, Babi Yar, Salónica?
¿Saben mis conciudadanos que hoy llaman, colmo de los colmos, «nazis» a los ciudadanos israelíes, que Gaza y Cisjordania pertenecieron, tras la primera guerra árabe-israelí, a Egipto y Jordania (que organizó en su famoso Septiembre Negro de hace treinta años, la mayor matanza conocida de re­fugiados palestinos de la historia) y que ninguno de esos dos Estados, cuyos dirigentes llevan perpetuamente en los labios «el problema palestino», se ocupó jamás de la «creación del Estado palestino» por ellos rechazado en la ONU al término de la guerra perdida por sus aliados alemanes?

¿Saben los jóvenes españoles que utilizan a modo de en­seña el pañuelito palestino que la ANP tiene establecida la pena de muerte en su territorio autónomo, que los dere­chos humanos —especialmente en lo tocante a las mujeres, tan sojuzgadas por un mundo musulmán que en sus casos más extremos acepta la esclavitud, la poligamia marital y la muerte por «asuntos de honor»— no existen en el feudo de Arafat, como no existen en su territorio ocupado desde el 67, de acuerdo, organizaciones pacifistas y críticas al sistema si­milares a las muy activas y operantes en suelo israelí?

¿Saben los jóvenes soliviantados —como tantos judíos de la diáspora, hay tantísimos israelíes de buena voluntad, que a la par que lloran a sus muertos de los últimos atentados suici­das llevados a cabo, no por milicianos de una causa, sino por «fascistas» de los del «paraíso en el cielo», suspiran por una paz justa, de fronteras seguras y armonía vecinal— cuántos criminales de guerra nazis, de extradiciones una y otra vez requeridas por Estados como Francia, viven o vivieron una vejez de oro con cargo de asesores estatales de los países limí­trofes? Alois Brunner, responsable directo de la deportación a los campos nazis de más de tres mil niños judíos parisienses durante la ocupación, fue alto cargo del Ministerio del Interior y la policía Siria... En el 2001 se celebró su juicio in absentia... Y como él, tantos otros. Otros, como el nazi Johann von Leers, que después de la guerra se convirtió a la religión musulma­na, adoptó el nombre de Ornar Amin y halló refugio, cobijo y molicie en el Egipto de Nasser, de quien fue asesor de pro­paganda. Von Leers murió en 1965. Pero en 1942, Johann von Leers escribió, como prefacio al libro Die Verbrechnatur der Juden («La naturaleza criminal de los judíos»), lo siguiente: «Si se puede demostrar la naturaleza hereditariamente criminal del judaísmo, entonces no sólo está cada pueblo justificado moralmente para exterminar a los criminales hereditarios, sino que todo pueblo que siga teniendo y pro­tegiendo a judíos es exactamente tan culpable de un delito contra la seguridad pública como quien cultiva gérmenes del cólera sin observar las precauciones adecuadas.» Criminal y propagandista nazi, y al cabo de la derrota de los suyos afilia­do a una causa ajena que se hermana con la propia a través de la obsesión «patógena». O más sencillamente, del «otro» entendido como «no-otro», como virus. Como deformación. Escribió Sartre, en un controvertido pero brillante ensayo, Reflexiones sobre la cuestión judía, que a veces o casi siempre basta con mirar al «otro» como distinto para convertirlo en un «judío» a ojos de los gentiles más agresivos. Si tildas de «judío» incluso a quien no lo es, termina siéndolo. Posible, si atendemos a los mecanismos más primarios del grupo (ya sea éste gentil-laico-progresista) y a sus derivaciones perversas y arquetípicas que dieron lugar, por ejemplo, al antisemitismo estalinista, que frente a figuras como Trostky o Rosa Luxemburg, se limitó a recuperar el viejo nacionalismo panruso-eslavista, reaccionario y temeroso de modernidades «burguesas» y de reivindicaciones territoriales, al precio de la sangre derramada en un GULAG de altísimo porcentaje de víctimas revolucionarias judías.
¿No saben que cuando el intelectual Ben Ami, ex ministro del progresista gobierno Barak —cuyo plan de paz rechazó de forma absurda y suicida el dictatorial Arafat, por una cues­tión de un tres por ciento del territorio que desbarató la casi inminente creación del Estado palestino y sentó las bases de esa Segunda Intifada que se ha convertido, al contrario que la' primera, en sinrazón de guerra abierta y cumbre de odio— se refiere a intelectuales como Edward Said, gran pensador pa­lestino, lo hace siempre en términos de elogio y admiración?

No me gusta, por lo general, la retórica abusiva de la pregunta que se auto responde... Pero acá tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo porque llevo años sintiéndome en minoría, sin que eso me perturbe en exceso, respecto a la «cuestión judía». No me inquieta no gozar del beneplácito general en una mesa de restaurante, es un decir, no. Pero sí me inquie­ta la consiguiente pregunta, generalmente articulada con excitadas sonrisas: «Pero ¿cuál es tu religión?» Al principio, cometía el error de explicarles la firme promesa (que a la fa­milia de mi madre le representó muchos problemas durante el franquismo), heredada por generaciones, de no acatar el bautismo católico, en ninguna circunstancia, salvo la muerte, circunstancias ultímisimas o causas mayores... Luego entendí que explicar «eso», ese detalle nimio, pintoresco y literario, provocaba en mis interlocutores de todo tipo una vaga mueca de suficiencia. «Es que seguramente viene de conversos, por eso piensa así»...
No sé de dónde vengo, aunque por un lado familiar sé que vengo de no católicos. Eso no es para mí lo importante. Lo importante es que mi madre me habló de bien niña del drama del Holocausto. Me rogó que no olvidase jamás que una se­rie de gentes muy normales habían «votado» un programa electoral que excluía a muchos de sus compatriotas de la condición normal de ciudadanos. Lo importante es que a los ocho años ella me regaló el diario de Ana Frank, y aunque a esa edad no entendía todavía por qué esa niñita de trece años y ojos chispeantes que me miraban desde la portada de la edición francesa de bolsillo (dejé de ser amiga de una chica porque al echarle una ojeada dijo «merde, pero fíjate qué cara tiene de judía, cómo se le nota») arrancaba su diario, iniciado poco antes de que se refugiara en el escondite de Ámsterdam, hablando tanto de chicos —a mí a esa edad los chicos me parecían medio idiotas de tan parados—, supe que era mi amiga para siempre. Sigue siéndolo. Me sonríe, al lado de Marcel Proust, en mi estante favorito. Antes fue mi hermana mayor, luego mi hermana pequeña, y ahora es mi hermana atemporal. La que me dio mi madre, que no tuvo más hijos que yo, y a veces suspiraba y decía: «Qué escritora hubiera sido si ya lo era, con su capacidad de observación entre Gógol y Chéjov, qué pedazo de escritora es ya para siempre, y tan pequeñita.»
La hermana de Ana, Margot, quería ser comadrona en Palestina..., al revés que su benjamina, que soñaba con un futuro de periodista y escritora en Europa..., un futuro invalidado para ambas por el tifus concentracionario en Bergen-Belsen, 1945.
En 1963, y según relata la biógrafa de la diarista ado­lescente Carol Ann Lee, el hombre que detuvo a las familias escondidas en un desván de Ámsterdam hoy famoso en todo el mundo, Karl Josef Silberbauer, respondió a la pregunta de su entrevistador, el periodista holandés Jules Huf, acerca de si «lamentaba lo que había hecho», que «por supuesto que lo lamentaba». Porque se había vuelto un auténtico «margina­do». El problema no era otro que «cada vez que quiero tomar el tranvía tengo que comprar un billete como cualquier otro, ya no puedo mostrar mi tarjeta de policía».
Curiosa manera de sentirse marginado, luego de haber perdido una guerra... Los bebés gaseados y tiroteados por las SS y la Wermacht (sí, también ellos, y los nuevos documentos que salen a la luz muestran la connivencia de todo un Estado, de todos sus estamentos, a la hora de la aniquilación) no eran, según su visión del mundo, los «marginados». Su muerte era «justicia», y el auténtico «marginado» era él, que ya no disponía, en nombre de los servicios policiales realizados, del billete de transporte gratuito concedido a los «héroes».
¿Cómo explicarles a muchos de los jóvenes españoles que centenares de nazis hallaron cobijo en la España de Franco? ¿Cómo explicarle a tanta gente que sólo quiere saber de blan­co y negro, buenos y malos que en la Palestina «judía» — de la que por cierto ya escribió Chateaubriand, y muy bellamente, sobre sus misérrimos cien mil judíos súbditos del Imperio otomano en su libro de viajes De París a Jerusalén— de los años treinta, protectorado británico, únicamente la población judía, tanto la autóctona como la refugiada del nazismo, aunó esfuerzos y armas, además de sus brigadistas voluntarios, en defensa de una República española que los árabes de enton­ces aborrecían, en virtud de su transparente pacto de amistad germano-italiano?
Estoy escribiendo este artículo porque aún circula por mis venas la sangre y la savia de la indignación ante un ejerci­cio perenne de propaganda cuyas primeras víctimas son la población civil de uno y otro bando. La población civil Palestina, esos niños tiroteados, esas gentes de casas derrumbadas en la franja de Gaza y en la Cisjordania hermosa y trágica, me despiertan en mitad de la noche con su mirada implorante de víctimas. Arafat, con su cerrazón lamentable, les negó la paz que proponía el gobierno progresista Barak, y los arrojó a una nueva Intífada condenada al mayor de los fracasos. (¿Saben los jóvenes propales tinos españoles que ya antes de la creación del primer gobierno israelí los artífices de la construcción del Estado hebreo se enzarzaron en una lucha a muerte con las organizaciones terroristas judías, tipo Stern, que tenían en su haber muertes ignominiosas como las de los residentes en el hotel Rey David, de Jerusalén? ¿Saben que desarmaron sus enclaves y detuvieron, e incluso se enfrentaron a tiro limpio con sus dirigentes? ¿Por qué Arafat no hace lo mismo con el terrorismo integrista de sus filas? ¿Por qué los alienta?)
Estoy escribiendo este artículo a favor de Israel porque soy europea, hija del continente del crimen mayúsculo de la Shoa, los conflictos, la crueldad, la miseria y la belleza. Hija de Víctor Hugo, Franz Kafka, Emil Zola, madame Curie, Chagall, André Bretón, Picasso, Saint-John Perse, Louis Aragón, Marcel Proust, Natalia Goronchova, Karl Marx, Matisse. Judíos y no judíos en una Europa que no sería, no habría sido Europa, sin su raíz primera de religión madre y protectora del verbo, atenta incluso en sus descreimientos. Porque me siento espiritualmente laica, hija y hermana del judaísmo que de lejos o de cerca los forjó y los atemperó a todos ellos y a su herencia, que es la nuestra, cabalística y ra­cionalista, fantasiosa y realista.
Porque aborrezco la mentira.
Esa misma que leo a diario en ciertos columnistas que alaban al sistema occidental como si éste naciese de una col, y no de las luchas sindicales saldadas con muertes que han conquis­tado derechos civiles y democracia y semanas de cuarenta y de treinta siete horas. Esa clase de columnistas, portavoces del ¿liberalismo? dan gracias a una memoria que una y otra vez entierra a los Franklin Delano Roosevelt, a los Olof Palme y a los Rosa Luxemburg asesinados de este mundo de men­tiras mediáticas y monumentos a los ignorantes que llevan en la frente el tatuaje petrolero (¿en nombre de la «libertad» no somos acaso aliados de dictaduras como todas aquéllas regidas por una sharia heredada de brutales pastores medie­vales que condenan perversamente a las mujeres al papel de paridoras sin placer —ablación del clítoris, «entendida» por tantas neo y viejo feministas en nombre de una «diferencia cultural» que no es sino monstruoso ejercicio de tortura—, en nombre de la libertad no condenamos a unos pueblos al bombardeo y a otros, idénticos, al papel de «amigos» produc­tores?). Contra esa clase de mentirosos, y de conversos a lo peor de un sistema que ya no es Manchester ni su esclavitud laboral de niños gracias a los movimientos sociales y contra sus detractores de «izquierda» sin imaginación ni más pro­gramas que el de las sustituciones burocráticas en el poder, defenderé al Israel de mis sueños de niña y al de las reali­dades conquistadas. Cuando escucho decir que ahora a Israel «sólo» la defiende la derecha, me pongo enferma... Porque ¿en qué piensa esa supuesta izquierda española que no lee, no estudia los orígenes de un Estado nacido de la mayor de las desgracias, no entiende que sin Israel la escasa población judía del continente se vería de nuevo hoy amenazada por la extrema derecha haideriana y lepenista, entre otras?
Días atrás, leí en el dominical de El Mundo un avance del libro del periodista Alfonso Torres, titulado El lobby judío. Poder y mitos de los actuales hebreos españoles, publicado por la «Esfera de los libros»... La entradilla comenzaba así: «ESTÁN en la banca, la Justicia, la hostelería, la construcción, el textil... Los judíos españoles se mueven en los círculos más poderosos y mantienen contacto con la élite económica y política. Contar con el respaldo del "lobby" hebreo incluso puede librarles de la cárcel.» El libro, bastante anodino y muy periodístico, del reportero en cuestión, no es ni a priori ni a posteriori aparente­mente antisemita... Pero dicha entradilla sí lo es. Así como lo es la mera idea de un libro que no busca ofrecer información sobre las comunidades judías, ortodoxas o de la reforma, lai­cas o religiosas, existentes en nuestra vieja Sefarad, sino un cúmulo de «datos» sobre el «poderío» de los hijos de Sión en la península. «Están en todas partes», y el artículo (y el libro) vienen acompañados de una serie de fotos de ciudadanos de origen judío, triunfadores en sus profesiones de empresarios,cantantes, actrices, diseñadoras de moda... Y yo me pregunto, y les pregunto: ¿Y los leoneses...están en todas partes? ¿Y los andaluces... están en todas partes? Hagan la clásica lista antisemita con nombres no judíos...,con leoneses, andaluces, gallegos, catalanes, da igual. Se lo garantizo.Sus elegidos estarán siempre en todas partes. Porque siemprehabrá una diseñadora, un escritor, una actriz... Elegidos del momento o de la historia, es igual. Ustedes, los redactores de la lista, también los olvidarán al cabo de una, dos, tres semanas.
Pero si fuesen, si son judíos, no los olvidarán.
Porque el antisemitismo cristiano de siglos, apoyado por elanden régime del mundo tenebroso que intuyó la caída de susprivilegios rurales a manos de una burguesía naciente y de una aristocracia financiera, dispuesto a ceder terreno a costa de que «cambiase mucho para que no cambiase todo», ese mismo mundo al borde del abismo que en la década de los veinte del siglo que se fue popularizó la superchería infame de los Protocolos de los sabios de Sión, introdujo siglos atrás el temor de los hijos a los padres. De los conversos a los padres.Y ese mismo temor primigenio ha legado odio a los actúa­les terroristas islámicos. Se suicidan no a favor de algo (lapatria que nunca existió, la Palestina mítica y sagrada paralos tres monoteísmos), sino contra algo. Se suicidan contra el«Padre» fundador, pero ni siquiera lo saben.

Como no lo sabe la izquierda vana y derechosa que no busca «entender», sino condenar, como sí lo sabe la derecha que busca utilizar y aprovechar...
Cuando me preguntan por qué soy pro israelí, siempre respondo lo mismo: «Por justicia, porque odio los pogro­mos, el antisemitismo que engendró el nazismo, porque soy demócrata y de izquierdas, porque soy hija de la Europa que asesinó a uno de sus mejores y más pacíficos pueblos (y el úl­timo pogromo tuvo lugar en la Polonia liberada de los nazis en 1947), a los hijos del verbo que nos dio los diez mandamientos, entre ellos el "no matarás", que hago mío, salvo en aquellos casos en que esté en juego mi propia supervivencia y la de los míos, la de quienes creen en la vida civil no regida por dioses que nada saben de los hombres y las mujeres.»
Cuando me preguntan por qué me gustaba el gobierno Barak y me inquieta y me disgusta el gobierno Sharon, res­pondo: «porque son distintas maneras de resolver problemas, y esta última entraña más sufrimiento cosechado en muertes de inocentes. Pero la raíz del problema es la misma que en 1948, porque fue Arafat quien rechazó el plan de paz, quien no dio la oportunidad a su pueblo de construir un modus vi-vendi civil y no religioso». Y añado, asimismo, que porque soy una mujer.Y todos sabemos lo poco, poquísimo, que valemos las mu­jeres en un mundo musulmán que no ha hecho su revolución civil, su reforma religiosa (¿saben los jóvenes españoles que hay, en Israel y en la diáspora, mujeres rabino en la interpre­tación judaica de la reforma, que las niñas hacen hoy su Bat Mitzvá, o del judaísmo sólo conocen a esa minoría hasídica y ortodoxa que fotografían siempre los antiisraelíes?).No he querido ser sentimental en este artículo. Podría haberlo sido, amé Tel Aviv y Jerusalén desde mucho antes de conocerlas, de la mano de Juan Carlos Vidal, de Alicia Ramírez, de José Benarroch, de tantos otros seres con quienes me crucé en una estancia tan breve como fulgurante. Ahora las amo para siempre y, como antaño, desde siempre.Pero si me preguntan por qué soy pro israelí, trato, una vez más, de separar corazón y cabeza.Digo que me gustaría pasar como visitante de un Estado hebreo a otro palestino con una sonrisa en los labios. Y que en el segundo no se soñase con paraísos detrás de la muerte, sino con simples purgatorios a este lado de la vida.Porque soy demócrata, porque soy de izquierdas y porque soy mujer, sueño con una Palestina libre, independiente y sin muertos civiles de guerras fratricidas, donde pueda sentirme en casa, lejos de clérigos e imanes furibundos que prometen huríes y aconsejan Goma.Del mismo modo que me siento en casa en un museo, un aula, un salón familiar o un kibutz en Israel, freno antisemita y utopía del verbo hecho carne. Carne asediada, pero carne viva y libre.


Juana Salabert
(París, 1962) nació y se educó en Francia, donde sus padres vivían el exilio franquista. Sin embargo, ha escrito siempre en español y ya desde sus primeros libros 'Varadero' y 'Arde lo que será' (finalista del Premio Nadal), publicados ambos en 1996, se ganó un lugar entre la crítica y los lectores españoles. Posición que se vio confirmada con la concesión del Premio Biblioteca Breve por su novela 'Velódromo de invierno' (Seix Barral, 2001), que desnudaba el horror nazi a través de los asustados ojos de una niña.

La doble moral de los que mandan - Autodeterminación y Libertad

14-09-2007


RECLAMAMOS LA LIBERTAD DE ESTECHE, LEZCANO Y DEMÁS INTEGRANTES DE LA AGRUPACIÓN "QUEBRACHO". Como es sabido en la Argentina han quedado libre la mayoría de los más de 10.000 represores del genocidio de la dictadura y de la Triple "A" y sus cómplices civiles. No hay un solo político o juez preso por los innumerables casos de corrupción denunciados desde 1983 a la fecha. No hay un solo funcionario preso por los asesinatos de Victor Choque, Aníbal Verón, Teresa Rodríguez, Darío Santillán, Maximiliano Kosteki. Ningún funcionario está preso por la masacre que terminó con la vida de 197 chicos en Cromañón. Ningún empresario o banquero está preso por robarnos a todos con la deuda externa o las privatizaciones o la fuga de capitales, o por pagar coimas a los gobernantes. Ningún funcionario está preso por el homicidio del docente Fuentealba. Ninguno por haber entregado y saqueado el país, estafado al pueblo, robado sus salarios, jubilaciones, fuentes de trabajo y ahorros. Pero eso sí los jueces que dejaron libres a militares represores, políticos coruuptos y empresarios saqueadores detienen a Esteche y Lezcano acusándolos de organizar incidentes que terminaron con la rotura de vidrios de un local de Sobisch en Capital. Sobisch que organizó la represión que terminó con la vida del maestro y militante Fuentealba está libre, gobierna una provincia y es autorizado por la "Justicia" a ser candidato a presidente, Esteche y Lezcano están presos y en huelga de hambre desde hace tres semanas reclamando su libertad. Condenados por encubrir el asesinato de su mujer en un country como el notorio Carrascosa están libres, a Lezcano y Esteche, se les niega la excarcelación mientras dure el proceso. La doble moral de los que mandan. Tenemos enormes diferencias con la Agrupación Quebracho pero negamos a estos jueces y a este régimen de hipócritas autoridad moral para acusarlos de algo.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Ellos

Yo no los conocí a ellos. Será porque soy joven, será porque no me tocó, será porque soy lo que ellos quisieron ser, soy su sueño, por el que lucharon, por el que murieron, por mí pelearon; por ellos soy quien soy o vivo como vivo. O simplemente, por ellos vivo.
Podría haber sido su amigo. O el novio de sus hijas. O su socio en un negocio. Podría… pero no fue… y no va a ser.
Es que ellos ya no están. Y de donde están, si no los conocí, no van a volver. Nadie sabe que podría haber sido. Se sabe lo que es. Y es que ellos no están.
¿Saben? Ellos tenían sueños. Habrán querido tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro. Ellos siempre habrán querido correr en un campo verde, saltar bajo la lluvia, tocar una guitarra. Quisieron ser astronautas, tener un hijo médico. Quisieron tocar las estrellas, aun sabiendo que eso no era posible.
Pero antes de sus sueños estaban ellos, estaba su persona, estaba quienes eran, estaba su identidad. Y no iban a cumplir sus sueños siendo otros. Ellos eran ellos, sus sueños eran de ellos, para sentirlos debían ser ellos. Pero no pudieron. Es que había gente que no quería que fueran ellos. Acaso fue que les molestara sus sueños, les molestara su unidad, acaso los vieron débiles por ser menos y se sintieron superiores impidiéndoles crecer, impidiéndoles vivir, impidiéndoles soñar.
Pero a ellos no pudieron impedirles soñar. Y como para soñar debían ser ellos, tampoco pudieron impedirles ser. Y murieron por eso, por querer ser ellos, por querer tocar las estrellas.
Y murieron para que otros; a los que podrían haber conocido, pero no conocieron, cumplieran su sueño, para que otros sean astronautas o toquen las estrellas.
Y los otros somos nosotros. Ustedes y nosotros, los jóvenes.
Yo no los conocí a ellos, pero hoy les digo gracias. Dicen que fueron héroes, pero para mí fueron más que eso. Fueron personas que se atrevieron a soñar y a ser, cuando otros no querían que sean.
A los muertos por defender su judaísmo, desde los tiempos de Babilonia y la inquisición, hasta la shoá e Israel… gracias.

Shaná Toba!

Lejos, no se sabe si en el tiempo o en el espacio, una vez existió un pueblo. Un pueblo pequeño, de habitantes felices, pero también tristes; habitantes gentiles, pero con sus problemas, habitantes que eran personas, habitantes con la particularidad, o no, de ser humanos.
El pueblo, fundado con esfuerzo y sacrificio, impulsado por los sueños de los inmigrantes, crecía; tan rápido o tan lento como suele pasar el tiempo. Y había algo en ese pueblo que, a pesar del paso del tiempo, a pesar de los humores y a pesar de los problemas que surgen en cualquier grupo social; había algo que hacía sentir a sus habitantes parte de una identidad común, de un pasado común; algo que los unía y los hacía sentirse parte del pueblo.
Eran tiempos de la ley a rajatabla, de los varones abajo y las mujeres arriba, del shil repleto desde donde se elevaban los agradecimientos a un Di-s que sonreía complacido. Nunca se nombraba la palabra minián; nunca se contaba, lastimosamente, la cantidad de personas que asistían a la fiesta más importante.
Pero el tiempo, rápido viéndolo desde aquí, paso. Y el shil poco a poco dejó de ser popular. Los niños felices que antes correteaban entrando y saliendo y golpeando la puerta de entrada ahora son grandes señores, ocupados en sus negocios, ocupados en sus problemas, preocupados por la actualidad, sin tiempo de hablar con Di-s. Sin embargo el shil volvía a llenarse para las fiestas, ya todos abajo, porque eran muchos los asientos vacíos de los que se habían alejado del lugar donde la historia común había logrado que los habitantes se sientan parte de su pueblo.
Y el tiempo inquieto siguió corriendo, cuando ya pocos le gritaban que se detuviese, desde los asientos de madera que habían sido testigos del bullicio del pasado, que aún flotaba en el silencio del solitario shil, abandonado incluso por Di-s. Y los pocos que quedaban creían ver el shil repleto, creían escuchar las melodías de las oraciones y las puertas golpeando. Y se quedaban mirando por unos segundos un mundo que no existía a los ojos de los demás, aunque fuera solo un mundo de recuerdos construido sobre su locura. Los pocos que quedaron se fueron despacito, mientras se dejaba oír el reloj que antes nunca se hubiera escuchado, y cerraron la puerta que ya no volvería a abrirse.
Pero nadie lloró en el pueblo, en el que sus habitantes dejaron de compartir una identidad común. Y los jóvenes siguieron con sus ideas revolucionarias, los adultos con sus ocupaciones, y los viejitos muriendo, con el recuerdo del pueblo que dejo de ser.
Y ustedes creerán que este pueblo no está tan lejano en el tiempo o en el espacio, aunque les haya dicho que si. Será porque compartimos una historia, que de a poco se esta olvidando, en algunos libros que no queremos abrir. Yo soy habitante de mi pueblo, y quiero sentirme parte de él. No quiero que dejemos de ser lo que somos para empezar a ser solo habitantes de un lugar, ya no de nuestro pueblo. Que no nos pase, a nosotros no. En este Rosh a shaná, no recordemos el pasado… construyamos el futuro.
Por otros 5768 años más, lejaim

El penal más largo del mundo-Osvaldo Soriano

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.
El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra
húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.
-¿Cómo sabés qué?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.
¿Y si no lo atajo? -preguntó él.
Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

martes, 11 de septiembre de 2007

Vieja, creo que tu hijo la cagó-Jorge Valdano

Juan Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero porque estaba inquieto, y no le faltaba razón. El hábito lo despertó a las siete de la mañana, e instantáneamente un cosquilleo nervioso en el estómago le anunció que era domingo, día de fútbol, y decidió quedarse un poco más en la cama a pensar en el partido. Consumió varios minutos parando penaltys en idénticas versiones. Era su sueño favorito, su fantasía recurrente: 0-0 faltando un minuto y penalty en contra; silencio expectante, miradas de ojos grandes, intuición exacta y él en el aire abrazado a la pelota y otra vez él en el suelo sintiéndose dueño de los aplausos, responsable de la catástrofe diminuta que sufrían las emociones de cientos de aficionados; 0-0 final. A veces imaginaba lo mismo con ventaja de 1-0 para su equipo, pero esa historia le gustaba menos porque tenía que repartir la gloria con el compañero que había marcado el gol. A Juan Antonio Felpa, obrero de Fábricas Unidas y portero del Sportivo Atlético Club, se le dibujaba una sonrisa estúpida cuando paraba penaltys mentalmente aunque él no se daba cuenta. Se acordó a tiempo con la preocupación de un agricultor; saltó de la cama y se fue hasta la puerta rogando que no lloviera. Aquel 16 de septiembre de 1964, la primavera se había adelantado cinco días al calendario. Era una mañana irreprochable. Ese sol que invitaba a vivir le recordó la enfermedad de su padre: "día peronista" hubiera dicho él. Luego pasaría a visitarlo para hacerle olvidar por un rato la tristeza de perderse el clásico.


Entró a la humilde cocina a tomarse un té, como era de costumbre dominguera, sin poder sacarse el partido de la cabeza. Clavó la vista en un póster arrugado de Amadeo Carrizo que había pegado años atrás en la pared. Sin haberlo visto nunca jugar, había sido siempre hincha del River Plate. Buenos Aires estaba a muchos kilómetros y a muchos pesos de distancia, pero él idealizaba la trayectoria del equipo capitalino y la de su portero legendario a través de la radio y de la revista El Gráfico. Como admirar es identificarse, Felpa se sentía el Carrizo del pueblo, le emulaba algunos gestos y hasta había conseguido una gorra a cuadros parecida a la que el portero riverplatense usaba para defenderse del sol. "Grande maestro", le murmuró Juan Antonio a la foto de Amadeo en el preciso instante que su mujer, con ojos todavía dormilones, entraba en la cocina:


-Hablas solo.


-No, pensaba.


Recibió el beso cariñoso y joven de Mercedes y los dos hablaron durante largo rato de simples cosas suyas.


Juntos escucharon a Johnny Lombard anunciando el partido: "A las cinco de la tarde, en el campo comunal Sportivo y Argentino de Las Parejas se juegan el título de la Liga en el partido más esperado del año". Esa voz emotiva, que paseaba en un coche lento y que era ampliada por dos grandes altavoces ubicados sobre el techo, lograba que Felpa se sintiera importante. Piel de gallina se le ponía.


Todavía faltaban cinco partidos para que terminara el campeonato, y los dos equipos que dividían el pueblo, los celestes del Argentino y los verdirrojos del Sportivo compartían el primer puesto de la Liga Cañadense de Fútbol. Esa tarde ponían el honor y la vergüenza en juego para definir de una vez por todas quién era quién en la Liga.


Desde hacía una semana no se hablaba de otra cosa. Circulaban las apuestas, se espesaban las bromas y los más impacientes ya se habían cruzado algún puñetazo. Estaba clarito en el ambiente que lo que se jugaba era el clásico más importante de los últimos tiempos.


-¿Que tal en la fábrica?-preguntó Mercedes.


-Y...esta semana, ya sabés, los muchachos me volvieron loco.


Orgulloso, Juan Antonio le contó a su mujer; entre otras cosas, que el patrón, palmeándole la espalda le había dicho: "Juan, el domingo te tenés que portar, ¿eh?"


Felpa era un buen tipo, de veintiséis años, casado no hacía mucho tiempo y con un nuño de meses. De gustos sencillos, querido y popular, era de esa clase de hombres que teniendo poco no necesitan más. Se vistió con ropa de domingo, revisó la bolsa de deportes, olió con ganas y sin ruidos la habitación del hijo dormido y se despidió de su mujer sin mucha ceremonia.


En el sanatorio de San Luis, sentado en la cama donde convalecía su padre de una operación estomacal, recibió con paciencia consejos futbolísticos. Recordaron aquel día que habían ido a cazar y Juan Antonio, con diez años, salió corriendo y se tiró de panza sobre una liebre a la que el padre había apuntado y pretendía disparar con su vieja escopete. La liebre se escapó uy el imprudente proyecto de guardameta, que vivía abalanzándose sobre cualquier cosa, recibió una paliza de la que no se olvidaría nunca más. En esa época le empezaron a llamar gato. Su padre, hombre de carácter fuerte, que amaba al Sportivo con la misma intensidad que odiaba al Argentino, nunca estuvo de acuerdo con que su hijo fuera portero, y no sólo porque le espantaba las liebres, sino porque siempre había pesado que los porteros eran medio imbéciles. Pero quería tanto a su único hijo que mudo el prejuicio y terminó mirando los partidos desde detrás de la portería, aunque era más lo que molestaba con sus gritos que lo que respaldaba.

En la cama del sanatorio, don Jesús Eladio Felpa se sentía mejor; pero no poder ver ese clásico lo tenía algo excitado. Iba a tener que conformarse con abrir las ventanas de su habitación para interpretar los gritos que llegaran desde la cancha. A doscientos metros de distancia era capaz de identificar, agudizando el oído, las jugadas peligrosas, el equipo que dominaba y, sin dudar, a qué equipo pertenecía el gol que se marcaba. Treinta y cinco años viendo al Sportivo le habían enseñado mucho. Su pobre mujer tenía que soportar en silencio el relato aproximado que don Jesús hacía de las jugadas.
Juan Antonio se fue a la sede del club llevándose una última recomendación paterna:
-Métanle cinco goles, así no hablan nunca más.
En el camino volvió a fabricar un penalty en la cabeza. Siempre se tiraba hacia la derecha y apresaba entre sus manos el balón que llegaba a media altura. «La esperanza es el sueño de los despiertos», escuchó un día.
En la sede encontró más gente que nunca y un clima prebélico. Las manos se le posaban en los hombros como mariposas brutas y contestó con una sonrisa los comentarios de siempre: «No te preocupes, que hoy ni se acercan...». «A las cinco cerrará las persianas, ¿eh?...» «¿A quién le ganaron ésos...?» Llegó a la tranquilidad del restaurante y saludó a sus compañeros, la mayoría de pueblos y ciudades cercanas a los que no veía desde el domingo pasado. Eran buena gente, pero él envidiaba la capacidad que tenía el Argentino para formar jugadores del pueblo. El Tano Perazzi lo explicaba bien: «Los del pueblo juegan por la camiseta, y los de afuera juegan por la plata». Pero siempre había sido así, y, la verdad, mucha plata no había.
Comieron carne asada con ensalada, y después la Bruja Mirage, ex jugador y en aquel momento entrenador, dio la alineación y dijo las cuatro tonterías de siempre con tono de haber inventado el fútbol.
Los Felpa, padre e hijo, no lo tragaban porque nunca había defendido el fútbol local. Cuanto de más lejos le traían los jugadores, más contento estaba. Además, jugaba sin wínes, y tácticamente se equivocaba mucho. Los dos solían acordarse del día en que el Negro Moyano lo saludó a los gritos en mitad del bar Victoria:
-¿Cómo te va, embrague?
-¿Por qué embrague? -preguntó el entrenador con poca prudencia.
-Porque primero metés la pata y después hacés los cambios -le soltó el Negro para que se riera todo el mundo.
Cómo sufrió el odio Mirage esa vez.
Los jugadores decidieron irse para la cancha distribuidos en cuatro coches particulares de directivos de la comisión de fútbol. Salieron por la puerta trasera para no darle oportunidad a los pesados. En el vestuario empezaron a respirar el clima del partido. Ahí adentro olía a fútbol. El partido estaba cerca, y afuera crecía el ruido. Apretados por los nervios, se vistieron, se masajearon e hicieron movimientos de calentamiento como si se tratara de un ritual.
El Gato Felpa, en un rincón, sólo movía los brazos y de vez en vez tiraba algún golpe al aire como los boxeadores. Se ponía rodilleras y unos pantalones cortos acolchados en las caderas para amortiguar los golpes de las caídas. No usaba guantes ni entendía cómo se podía atajar con ellos. Si alguien se lo preguntaba, había aprendido una frase que le gustaba repetir: «Me quitan sensibilidad». Los hierros entre los que trabajaba durante la semana habían modelado manos fuertes, y a él le gustaba sentir la pelota entre sus dedos. El equipo, como era su costumbre, hizo un corro y todos encimaron las manos sobre las del capitán para dar tres gritos de guerra que contribuían a darles confianza y a hacerlos sentir más juntos. De rebote, también valía para asustar a los del vestuario contiguo. Se fueron para el túnel, con música de tacos de cuero sobre el suelo y cuidando de no resbalarse en el cemento. Cuando asomaron la cabeza estalló la mitad roja-verde del campo. Los celestes ocupaban el lado opuesto y homenajearon a sus jugadores tres minutos después. Ahí estaba todo el pueblo.
Era día grande, de esos que dejan hablando al pueblo durante semanas; banderas, papeles picados, bombos, matracas gigantes, cantos; no faltaba nada.
El sermón arbitral fue breve: «A jugar y a callar», dijo a los capitanes en el centro del campo antes de sortear las porterías.
El griterío de la gente y la emotividad de lo que estaba en juego dignificó en parte el fútbol pobre que se jugó en la primera mitad. Los dos equipos trataban de aprovechar el descuido del adversario, pero, eso sí, sin descuidarse. Se tenían miedo y estaban tensos, y eso, procesado futbolísticamente, da como resultado un partido trabado e impreciso.
Acertó don Jesús Eladio Felpa, en el sanatorio, cuando le resumió el primer tiempo a su mujer:
-Partido malo, vieja, ni ocasiones de gol crearon.
Se jugó mal, es cierto, pero se jugó en serio. Las piernas se metían fuertes y entre los jugadores se escucharon palabras duras.
El segundo tiempo pareció un poco más abierto, pero pisaron poco las áreas. Los dos equipos malograron alguna oportunidad, pero no fueron fruto de balones claros, sino de rebotes afortunados o de errores cometidos por piernas cansadas.
Pero de un clásico de pueblo nadie se va antes de tiempo. Certero otra vez don Jesús, le advirtió a su paciente mujer; faltando unos quince minutos, que «todavía podía pasar cualquier cosa». En ese segundo tiempo, Juan Antonio se calzó la gorra, porque el sol estaba bajo y pegaba de frente. Sus pocas intervenciones las había resuelto con sobriedad, salvo aquella pelota que llegó combada y despejó por encima del travesaño tirándose para atrás. Una parada más espectacular que difícil. Desde atrás dio órdenes, animó a sus compañeros y en ningún momento perdió concentración. Hasta el momento de la jugada que nunca más olvidarían quienes estaban ahí, el partido no se había dado para que él se luciera.
Faltaban cuatro minutos para el final cuando el Gringo Santoni, siempre tan apresurado, despejó a córner sin necesidad. Había llegado ese momento en el cual los menos interesados miraban el reloj con ganas de que aquello terminara de una vez, los borrachos hablaban solos y los fanáticos estaban trepados a las vallas totalmente desencajados. El córner venía fuerte y el Gato Felpa, todo hay que decirlo, dudó en la salida y se quedó a mitad de camino. El Oso Antuña, defensor central del Argentino, no necesitó saltar para cabecear seco al ángulo cruzado. El Enano Zárate, que con esa altura no podía marcar a nadie por arriba y que en los córneres era el encargado de cuidar el primer palo, supo instintivamente que con la cabeza jamás podía llegar a esa pelota, y la despejó de un manotazo. ¡ Penalty!
Aquello calentó a los indiferentes, congeló a los fanáticos y hasta calló a los borrachos. El lado celeste de la cancha se puso de fiesta y la gente del Sportivo esperaba, inmóvil y muda, a que los dioses del fútbol les dieran una mano. Todo lo que estaba pasando se parecía mucho a la fantasía de Juan Antonio Felpa.
El sol, del otro lado de la cancha, se había caído detrás de los cipreses, y Felpa, parado en el centro de la línea de meta, se quitó la gorra muy resuelto y la tiró adentro de la portería. Sintió un frescor agradable en la cabeza sudada y quizá por eso experimentó la fe de los héroes.
A once metros de distancia el Befo Nieva ya estaba frente a la pelota. Se cruzaron una mirada huidiza; medio cómplice y medio asesina.
Juan Antonio Felpa flexionó levemente las rodillas y con los ojos fijos en el lanzador escuchó la orden del árbitro. Ya tenía la decisión tomada. Cuando el Beto golpeó la pelota, Felpa ya volaba en la dirección del sueño. Al lado del palo derecho, se abrazó a la pelota en el aire, y antes de caer al suelo sintió, como un relámpago, la alegría más grande de su vida.
Ahora era la mitad rojo-verde del campo la que se había puesto de fiesta al grito de «Felpa», «Felpa», «Felpa». Yo no sé lo que le pasó en ese momento, porque en veinticinco años nadie logró hablar con él del tema sin que se enfadara, pero para mí que esos gritos lo confundieron y eso lo llevó a tomar el camino más absurdo de su vida. Lo cierto es que se levantó del suelo endiosado, y queriendo prolongar ese momento mágico, cometió el error de ir a buscar la gorra dentro de la portería con la pelota debajo del brazo. El árbitro dudó antes de dar el gol, y el campo entero tardó en echarse las manos a la cabeza entre eufóricas risas celestes y sorprendidos lamentos verdirojos. El extraño coro de murmullos que quedó flotando en el ambiente desconcertó a don Jesús Eladio Felpa, que había sufrido con el penalty («hay que reconocer que fue justo, vieja») y se había alegrado con el paradón. Intuyó que algo malo había pasado, y con una mínima esperanza de haberse equivocado, miró a su santa mujer y le comentó entre triste y preocupado.

Desde España...


jueves, 6 de septiembre de 2007

Argentinos... que lástima

Cristián Sirouyan (que no tengo idea de quién es, pero parece simpático) escribió en Clarin lo que sigue, y me resultó tan repulsivo que se los quiero mostrar... Lo tituló "Prejuicios"



Con frecuencia, a los argentinos se nos va la mano con el sobrepeso que cargamos en los viajes más allá de las fronteras. Pero hay una considerable porción de ese lastre que no va a parar a la valija, un contenido intangible surgido de nuestros crónicos miedos, mezclados con los prejuicios. Son marcas indelebles del pasado y de las contradicciones del presente.Una mañana de otoño, en Perú, ese chip incorporado puede haber sido el causante de la reacción intempestiva de una mujer que superaba cómodamente los 50 años. La señora prefirió abstraerse del paisaje de montaña, selva y río que enmarcaba su gesto severo en Aguas Calientes -al pie del maravilloso cerro Macchu Pichu- y advertir en un sonoro susurro a sus compañeras de tour: "Ojo, chicas, cuiden bien la cartera, no sea cosa que nos afanen. Los peruanos tienen mala fama".
El guía -un joven cusqueño siempre sonriente y dispuesto pa' lo que necesite, amigo- trató de explicar a la atribulada turista que le podía ir mal por la vida con las generalizaciones. No tuvo suerte: primero, la mujer lo fulminó con la mirada; enseguida, de la actitud precavida pasó al ataque y le devolvió la osadía con otro mazazo: "Querido, no te metas que vos también, con el pelo largo, vaya a saber en qué andarás". Venía bien un soplo de brisa fresca en esa jornada ya calurosa, pero bastó con el frío que me recorrió el cuerpo.
La señora irascible subió al micro aferrada a sus pertenencias, mientras escrutaba minuciosamente todo alrededor. Ya no se atrevían a acercarse los vendedores de artesanías y baratijas varias. Un rato después, en la ciudadela mayor del Imperio incaico, el compacto elenco estable de mujeres bien argentinas en plan de viaje ignoraba las revelaciones que el guía brindaba sobre la monumental obra. Esta vez, se quejaban porque sus celulares se resistían a funcionar y gritaban su molestia porque "los japoneses andan por todos lados sacando fotos". De paso, -estiradas sobre las piedras de un centro ceremonial, como si se tratara de cualquier banco de plaza-, se perdían la magnífica obra pergeñada por la naturaleza y el ingenio humano en Perú.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El lobo estepario-Hermann Hesse

Estuve leyendo este libro, recomendado por Elba (porque a mi me recomienda libros Elba, no cualquiera) y si bien yo no se lo recomendaría a nadie, encontré algunas partes que me gustaría mostrarles.



"(...) no obstante, vivía en muchos aspectos de un modo enteramente burgués; tenía dinero en el banco y ayudaba a parientes pobres, es verdad que se vestía sin atildamiento, pero con decencia y para no llama la atención; procuraba vivir en buena paz con la Policía, con el recaudador de contribuciones y otros poderes parecidos. (...) el mundo de la pequeña burguesía,hacia las tranquilas y decentes casas de familias, con jardinillos limpios, escaleras relucientes y toda su modesta atmósfera de orden y de pulcritud. Le gustaba tener sus pequeños vicios y su extravagancia, sentirse extaburgués (...) pero no habitaba (...) donde no hay burguesía ya. (...) se quedaba siempre viviendo en los dominios de la burguesía, con cuyos hábitos, normas y ambiente no dejaba de estar en relación, aunque fuera antagónica y rebelde. Además, se había criado en una educación de pequeña burguesía y había conservado desde entonces una multitud de conceptos y rutinas. (...) Educado con severidad y buenas costumbres en una casa culta de la burguesía, estaba siempre apegado con parte de su alma a los órdenes de este mundo, aún después de haberse individualizado hacía mucho tiempo por encima de toda medida posible en un ambiente burgués y de haberse libertado del contenido ideal y del credo de la burguesía.

(...) el burgués (...) nunca habrá de sacrificarse o de entregarse ni a la embriaguez ni al ascetismo, nunca será mártir ni consentirá en su aniquilamiento. Al contrario, su ideal no es sacrificio, sino conservación del yo, su afán no se dirige ni a la santidad ni a lo contrario; la incondicionalidad le es insoportable; si quiere servir a Di-s, pero también a los placeres del mundo; si quiere ser virtuoso, pero al mismo tiempo pasarlo en la tierra un poquito bien y con comodidad. (...) trata de colocarse (...) en una zona templada y agradable (...) y esto lo consigue (...) aun a costa de aquella intensidad de vida y de sensaciones que proporciona una existencia enfocada hacia lo incondicional y extremo. (...) Pero el burgués no estima a nada tanto como al yo (claro que un yo desarrollado solo rudimentariamente). A costa de la intensidad alcanza seguridad y conservación; en vez de posesión de Di-s, no cosecha sino tranquilidad de consciencia; en lugar de placer, bienestar; en vez de libertad, comodidad; en vez de fuego abrasador, una temperatura agradable."

"(...) Es evidente que volverá a haber guerra, (...) por ello es natural que uno este triste; pero esto no tiene valor alguno. Es exactamente lo mismo que si estuviéramos tristes porque, a pesar de todo lo que hagamos en contra, un día indefectiblemente hayamos de tener que morir. La lucha contra la muerte, querido Harry, es siempre una cosa hermosa, noble, digna y sublime (...) Pero no deja de ser en todo caso una quijotada sin esperanza.
-(...) con tales verdades, (...) si todo es igual y nada merece la pena, con esto se hace uno la vida superficial y tonta. ¿Es qué hemos de prescindir de todo,de renunciar a todo espíritu, a todo afán, a toda humanidad, y dejar que siga triunfando la ambición y el dinero y aguardar la próxima movilización tomando un vaso de cerveza?
(...)-Tu vida no ha de ser superficial y tonta, porque sepas que tu lucha es estéril. Es mucho más superficial, Harry, que luches por algo bueno e ideal y creas que has de conseguirlo. ¿Es que los ideales están ahí para que los alcancemos?¿Vivimos nosotros los hombres para suprimir la muerte? No; vivimos para temerla, y luego, para amarla, y precisamente por ella se enciende el poquito de vida alguna vez de modo tan bello durante una hora."

"(...) ¿Quién gobernó el mundo en su época, quién se llevó la espuma, quién daba el tono y representaba algo: Mozart o los negociantes, Mozart o los hombres adocenados y superficiales? (...) siempre a sido así y siempre será igual, que el tiempo y el mundo, el dinero y el poder, pertenecen a los mediocres y a los superficiales, y a los otros, a los verdaderos hombres, no les pertenece nada, solo la eternidad."

"(...)Yo era una muchacha de buenas disposiciones y destinada a vivir con arreglo a un elevado modelo, a tener para conmigo grandes exigencias, a cumplir dignos cometidos. Podía tomar sobre mi un gran papel, ser la mujer de un rey, la querida de un revolucionario, la hermana de un genio, la madre de un mártir. Y la vida no me ha permitido más que llegar a ser una cortesana de mediano buen gusto; ¡ya esto solo se ha hecho bastante difícil! Así me ha sucedido. (...) La vida, pensé, ha de tener al fin razón siempre; y si la vida se burlaba de mis hermosos sueños, habrán sido necios mis sueños, decía yo, y no habrán tenido razón. (...) me fijé con interés en la llamada vida, en mis vecinos y en mis amistades, medio centenar largo de personas y de destinos, y entonces vi, Harry, que mis sueños habían tenido razón, mil veces razón, lo mismo que los tuyos. Pero la vida, la realidad, no la tenía. Que una mujer de mi especie no tuviera otra opción que casarse con uno de estos ganadineros por su posición, o si no, convertirse en una especie de meretriz, eso era tan poco justo como que un hombre como tú tenga, solitario, receloso y desesperado, que echar mano a a navaja de afeitar. (...) ¿Crees que no soy capaz de comprender tu terror ante el fox-trot, tu repugnancia hacia los bares y los locales de baile, tu resistencia contra la música de jazz y todas estas cosas? Demasiado bien lo comprendo, y lo mismo tu aversión a la política, tu tristeza por la palabrarería y el irresponsable hacer que hacemos de los partidos y de la Prensa, tu desesperación por la guerra, por la pasada y por la venidera, por la manera cómo se hoy se piensa, se lee, se construye, se hace música, se celebran fiestas, se promueve la cultura. Tienes razón, lobo estepario, mil veces razón, y, sin embargo, has de sucumbir. Para este mundo sencillo de hoy, cómodo y satisfecho con tan poco, eres tú demasiado exigente y hambriento; el mundo te rechaza, tienes para él una dimensión de más. El que hoy quiera vivir y alegrarse de su vida, no ha de ser hombre como tú ni como yo. El que en lugar de chinchín exija música, en lugar de placer alegría, en lugar de dinero alma, en vez de loca actividad verdadero trabajo, en vez de jugueteo pura pasión, para ése no es hogar este bonito mundo que padecemos..."

"(...) iba aumentando dentro de mí ese sentimiento de marchitez y de fiesta de despedida, este sentimiento dulce e íntimamente doloroso, de mezcla con todos los escenarios y cosas de mi vida anterior, que no había sido resuelta nunca por completo, pero cuya solución estaba ahora a punto de madurar. El hombre moderno llama a esto sentimentalismo; no ama ya las cosas, ni siquiera lo que le es más sagrado, el automóvil, que espera poder cambiar lo antes posible por otra marca mejor. Este hombre moderno es decidido, sano, activo, sereno y austero, un tipo admirable; se portará a las mil maravillas en la próxima guerra. (...) estaba contento y agradecido de notar en mi abrasado corazón algo así como sentimientos. De esta manera me entregué a los recuerdos del viejo cafetín, a mi apego a las viejas y toscas silla; me entregué al vaho de humo y de vino, al sentido esfumado del hábito, de calor y de semejanza de hogar que tenía para mí todo aquello. El despedirse es hermoso, entona dulcemente. Me gustaba el asiento duro y mi vaso rústico, me gustaba el sabor fresco y a las frutas del alsaciano, me gustaba la familiaridad con todo y con todos en este lugar; las caras de los bebedores acurrucados y soñadores, de los desengañados, cuyo hermano había sido yo mucho tiempo. Eran sentimentalidades burguesas las que yo sentía aquí, ligeramente salpicadas con un perfume de romanticismo pasado de moda, procedente de la época de muchacho, cuando el café, el vino y el cigarro eran aún cosas prohibidas, extrañas y magníficas."

"(...) En todas las paredes anuncios fieros y magníficamente llamativos invitaban a toda la nación, en letras gigantescas que ardían como antorchas, a ponerse al fin al lado de los hombres contra las máquinas, a asesinar por fin a los ricos opulentos, bien vestidos y perfumados, que con ayuda de las máquinas sacaban el jugo a los demás y hacer polvo a la vez sus grandes automóviles, que no cesaban de toser, de gruñir con mala intención y de hacer un ruido infernal, a incendiar por último las fábricas y barrer y despoblar un poco la tierra profanada, para que pudiera volver a salir la hierba y surgir otra vez del polvoriento mundo de cemento algo así como bosques, praderas, pastos, arroyos y marismas. Otros anuncios, en cambio, maravillosamente pintados y estilizados magníficamente, en colores más finos y menos infantiles, redactados en una forma muy inteligente y espiritual, prevenían con afán a todos los propietarios y a todos los circunspectos contra el caos amenazador de la anarquía, cantaban con verdadera emoción la bendición del orden, del trabajo, de la propiedad, de la cultura, del derecho, y ensalzaban las máquinas como la más alta y última conquista del hombre, con cuya ayuda habríamos de convertirnos en dioses."

"Me había ido sumiendo en un estado de ánimo verdaderamente lastimoso. Me veía a mi mismo, un peregrino muerto de cansancio, caminar errante por los desiertos del más allá, cargando con muchos libros inútiles que había escrito, con todos los ensayos, con todos los folletones, seguido del ejército de cajistas que habían tenido que trabajar en ellos, del ejército de lectores que habían tenido que tragarse toda mi obra. ¡Di-s mio! Y Adán, y la manzana, y toda la restante culpa hereditaria estaban además allí. Es decir, que todo esto había que purgarlo, purgatorio infinito, y entonces surgiría la cuestión de si detrás de todo esto existía todavía algo personal, algo propio, o si todo mi trabajo y sus consecuencias no eran más que espuma vacía sobre la superficie del mar, juego sin sentido no más en el torrente de los sucesos."