viernes, 3 de octubre de 2008

Seamos agraria!

Los objetivos de la educación siempre se escribieron con letra prolija en las primeras hojas de nuestras carpetas: que los alumnos logren adquirir los conocimientos sobre; que los alumnos comprendan las normas de; que los alumnos se preparen para el mundo del guardaganado para afuera; pero apenas tímidamente y en su mayoría inexistentes; logros como explotar las habilidades personales de cada alumno, fomentar la conciencia de grupo y el trabajo basado en la ayuda mutua, despertar el interés de los alumnos promoviendo iniciativas propias; son tomados como un efecto colateral sin demasiada importancia cuando no son pasados por alto. De esta manera caemos en el error de creer que el rol de la escuela; el único, fundamental y primordial rol; es transmitir saberes. De esta afirmación deducimos de manera lógica: quién elige la escuela agraria elige en realidad adquirir los saberes agrarios que esta escuela le va a dar. Gran desconcierto causa descubrir que en la realidad, la agraria se elige en gran parte por causas muy diferentes; al comienzo puede ser por obligación, por no tener mejores opciones; pero pronto se transforma en otra razón, que es la que hace que los alumnos sigan en nuestra escuela: comienza a influir el rol social. La escuela se transforma en el lugar donde están mis compañeros-amigos, se transforma en el lugar donde puedo expresar y hacer las ideas que me surjan, se transforma en un espacio que los objetivos de la educación parecen ignorar (o inteligentemente, desprestigiar, desvalorizar), ese espacio donde uno aprende a compartir, a ser amigo, a valorar al otro, a ayudar al otro, a disfrutar de lo que uno hace, a vivir. Y este es el rol más importante que cumple nuestra escuela, no podemos negarlo o intentar taparlo, o en todo caso no se debería ser hipócritas: si el rol real de la escuela es transmitir conocimientos técnicos, entonces quién no desea adquirirlos, debería ser expulsado para no seguir perdiendo el tiempo en la escuela, y no tratar inútilmente de convencerlo de lo atractivo que resultan las materias agrarias. La negación de este rol social crea situaciones ridículas en la que se exige a los alumnos esforzarse en lograr algo que no les servirá para nada; es imponer conocimientos, meterle conceptos a martillazos en la cabeza sin ninguna función. Se podría alegar que no hace mal aprender, pero como dice una pared de mi pueblo “mejor que aprender mucho es aprender cosas buenas”. Deberíamos dejar de encasillarnos en “lo que hay que hacer”, en “viene de arriba, así es”, y comenzar realmente a crear individuos que le sean útiles a la sociedad y que, por sobre todo, se sientan bien consigo mismos, que es la manera de que luego puedan relacionarse socialmente de manera tolerante, colectiva, confiando en las demás personas como si fueran amigos. Si seguimos dando el mensaje de “la gente es una porquería a la que no le importás y solo va a exigirte que le seas útil”, “la vida no es linda, no vas a poder trabajar de lo que te gusta, es más importante sobrevivir que disfrutar de la vida”, “vas a tener que hacer muchas cosas que van en contra de lo que querrías hacer”; estaríamos reproduciendo los individuos que pueblan la sociedad actual: egoístas que hacen cosas que no les gusta para sobrevivir creyendo que en esa supervivencia consiste la vida.
¿Deberíamos someternos entonces a las leyes generales de la educación de esta sociedad vacía, o acabar con la farsa y en un debate institucional pautar las mejores alternativas para darle la importancia merecida al rol social que cumple la agraria?
Podríamos esperar décadas hasta que se considere en alguna reforma educativa este rol como algo importante y a tener en cuenta; mientras seguiríamos cumpliendo rigurosamente las reglas generales que no tienen nada que ver con nuestra escuela, seguiríamos olvidando que lo importante en la agraria son los valores que se obtienen, seguiríamos concentrándonos en acumular conocimientos en vez de desarrollar las capacidades personales.
Debe ser una decisión institucional darle la mayor importancia a la creación de esas personas alegres, comprometidas con su entorno y pensantes que el mundo necesita. No debemos seguir amoldándonos a un mundo que nos impone sus reglas para pocos, debemos reconocer la realidad y el verdadero aprendizaje humano de nuestros alumnos y enfocarnos en ello.
Necesitamos un cambio. Queremos un cambio. Hagamos un cambio.
Es cuestión de actitud. De decidir cómo va a ser nuestra escuela.

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