lunes, 24 de marzo de 2008

Los omicritas y el hombre-pez-Juan Jacobo Bajarlia

La pecera medía dos metros de alto por uno y medio de ancho. Era de un material rojizo e irrompible, semejante a un cristal de color. Estaba emplazada sobre un prornontorio, en el cruce de dos canales cuyas aguas, provenientes del deshielo de los casquetes polares de Omicron B, se introducían en ella renovándola permanentemente. En el agua de la pecera se movía (nadaba) el hombre-pez. Medía 50 centímetros de largo, y braceaba con lentitud, como si estuviera meditando. A veces se paraba y miraba extrañamente a los niños marcíanos que lo contemplaban. Entonces, éstos lo amedrentaban y le hacían piruetas. Y el hombre-pez recobraba la lentitud de sus movimientos.
-Está triste -dijo un niño omicrita ese día, hablando con sus amigos-. Le falta la hembra. Pero su raza ya está extinguida. La tierra fue destruida hace mucho tiempo, y ahora sólo es una pequena bola de plomo cuya órbita se ha desplazado hacia Omicron B.
-¡Entonces era un terresiano!
-Ni más ni menos. Cuando lo trajeron medía cerca de dos metros de alto y tenía mucha fuerza. Lo pusieron en la pecera para conservarlo, y parece que el frío contrajo su corpulencia. Es muy posible que dentro de cien años más mida un centímetro. Nadie sabe cómo impedirlo.
-Si eso es verdad -intervino otro niño-, el hombre-pez se va a convertir en un gusano. Después morirá.
-No. No morirá ni se convertirá en gusano -repuso el primer niño-. El frío lo reducirá hasta trasmutarlo en una bacteria. Luego lo pondrán en un caldo de cultivo, con otras bacterias, para ver cómo se comporta con sus semejantes. Si da resultado lo utilizarán en la guerra contra Saturno. Porque tú debes saber que sólo determinados microorganismos pueden enfrentar el poder destructivo de la energía atómica. Es algo que se está estudiando en el Planetarium.
Los niños observaban al hombre-pez. Repetían las hipótesis de sus mayores, y se imaginaban que ese ser que se movía con lentitud ya era una bacteria, acaso la más débil de todas, devorada por otras bacterias. Y el hombre-pez miraba a los niños extrañamente. Tenía los ojos tristes, y a veces abría sus fauces como para decir algo. Pero su voz también se había reducido. Había perdido intensidad. Ahora sólo podía exhalar algo así como un resoplido ronco, penoso, que dibujaba espirales desvanecidas en derredor de su figura. De pronto, el hombre-pez pareció irritarse. Comenzó a bracear como poseído por la histeria. En vez de nadar trataba de erguirse como los antiguos hombres que un día habitaron la Tierra. Pero no lo conseguía. Perdía el equilibrio y seguía la irritación. Los niños se miraron. La conducta del hombre-pez obedecía a la presencia, en ese momento, de un omicrita cuyos ascendientes habían participado en la guerra de los mundos. Parecía detectarlo como a uno de los enemigos que habían destruido su planeta. Los niños exigieron una explicación. Mecranis, entonces pronunció estas palabras:
-Ese animal que ven en la pecera, que ya no es ni un pez ni un animal sino un mutante próximo a extinguirse, dió la señal de muerte en la guerra de los mundos. Decíase hijo de un ser omnipotente que había creado el universo para que él lo gozara o lo destruyera. Que era capaz de desencadenar el misterio de la materia y formar otros mundos a su arbitrio. Sin embargo, cierto día quiso escalar el espacio para matar al ser que lo había fabricado. Construyó una torre para llegar al cielo. Pero a poco de avanzar, cayó estrepitósamente con todos los suyos, porque éstos habían confundido su propia lengua, expresándose cada uno con un lenguaje ininteligible. Siglos después, en reemplazo de la primera, construyó una torre de lanzamiento, y amenazó a los planetas de su galaxia con la destrucción. Lanzó miles y miles de robots portadores de eyectores atómicos. Pero los robots se volvieron contra los mismos terresianos confundiendo sus mecanismos (como el habla en la torre primitiva), y facilitaron nuestra defensa. El resultado ya lo saben ustedes por haberlo aprendido en el falansterio: fué la destrucción de la Tierra, el más hermoso de los planetas, convertido ahora en una mole de plomo en órbita de desplazamiento hacia Omicron B. Ya es un satélite muerto. El único recuerdo vivo que aún queda es el hombre-pez de la pecera, en cuyas aguas se ha conservado todavía por el alimento extraído de otros mutantes que se originan en los cuásares. Sin embargo, está próximo a extinguirse. Un día morirá, y la Tierra será una hipótesis en algún sistema planetario que pobló el cosmos.
-¿Y habla el hombre-pez?- preguntó el más joven.
Mecranis extrajo de sus bolsillos un acuófono: dos pequeñas esferas de cristal unidas por cierto cable rojizo, una de las cuales introdujo en la pecera. La otra fué ajustada al oído del niño. Y éste oyó los roncos resoplidos del hombre-pez, que expresaban un lenguaje misterioso que el acuófono traducía simultanea-mente al idioma omicrita. Las palabras eran siempre lasmismas,monótonas,cenagosas, como si hablara una montaña de barro deshecha bajo la lluvia. -¿Qué dice el hombre-pez?- interrogó otro niño.
El niño del acuófono pasó la esfera a su compañero. Y éste al siguiente. Y así a los demás. Las palabras del hombre-pez no variaban:
-¡Yo soy el rey de la creación! ¡Yo soy el rey de la creación!
Los niños se miraron espantados y resolvieron abandonar el lugar. El frío comenzaba a congelar el aliento. Mecranis, a lo lejos, daba tumbos como una máquina desvencijada.

(...) Lectura creadora
1-Reportaje a Mecranis
2-¿Le temo al futuro?
(...)
4-¿Y si creamos otro final?

Lectura creadora
1-¿Qué ve usted en el hombre-pez?
-Siempre que pienso en él me pregunto cómo será realmente. Me refiero a si será algo por naturaleza. Yo me pregunto si en su soledad, si al conectarse con su verdadero ser, se ve reflejado a si mismo, o si lo que muestra y se impone ser hasta creerlo es lo que realmente es. En su soledad, cuando no puede escapar de si mismo, cuando descubre y se plantea su aparente e inquebrantable seguridad, yo intuyo que se debe sentir muy confundido.
¿Usted cree que el hombre-pez es capaz de amar?
-Si, si lo creo. Es más,estoy seguro de ello. Pero no me explico cómo un ser capaz de amar, de sonreír, conocedor de la felicidad, capaz de llorar por sus emociones también es presa del egoísmo, del facilismo, del odio, de la ceguera. Realmente no llego a comprender cómo quién abraza a un hijo puede horas después disparar contra otra persona. Algunas vees pensé que se debía la desconocimiento del otro, al punto de no considerarlo un ser, o el hijo de alguien, y es por eso que no les tiembla el corazón al terminar con otra vida. Pero no me conforma completamente esta respuesta. Tal vez, aun no estoy seguro, pero noto una relación entre el amor y el odio. Son extremos del sentir, pero también podría ser dos formas de interpretar lo mismo. Y si fuera así, podría ser que el odio tenga el mismo poder que el amor, lo que contradeciría las normas básicas aprendidas desde el falansterio. Soy partidario del amor, pero a veces me cuestiono si es posible no sentir odio, y si odio y amor son dos sentimientos que conviven juntos dentro del hombre-pez y hasta tal vez dependan del otro, al punto de hablar de amor siempre despreciando al odio, sin notar tal vez una forma de odio en esto. Tal vez no halla amor sin odio, o tal vez sean lo mismo. Realmente no lo tengo claro.
¿Qué siente al escuchar al hombre-pez, al verlo tan vencido pero creyéndose aún superior?
-Tristeza. Lo primero que me produce es tristeza, compasión. E incomprensión. Es como que su orgullo terminó siendo más fuerte que él, y la realidad adversa lo ataca por todos lados y a él le duele tanto que dice no creerle, simula pensar que la verdad le miente porque aceptarla sería también aceptar que lo que quiso ser no es. Es más fácil para él gritar lo que quiso ser que enfrentarse a la realidad de que no lo es. Y eso es una actitud muy débil. Recuerdo que mi abuelo, hace mucho tiempo, me dijo haber imaginado otro final para el hombre: pensó que en ese último momento, el hombre iba a llorar. Yo también creí en ese final.
¿Qué le preguntaría al hombre-pez?
-Le preguntaría...¿por qué?¿por qué lo hizo? Le preguntaría quién es, qué es realmente. Pero tengo la sensación de que no tendría la respuesta.
2-No sabría si llamar futuro a lo que temo, aunque tampoco tengo bien definido ese temor. Mi realidad está en un mundo conocido. Me gusta descubrir nuevas cosas, es por ello que el futuro donde encuentre otro mundo diferente me genere intriga,no miedo. Pero mi duda no se encuentra en los cambios de lugar, de amigos, de sol, sino en el destino de mi ahora en el que soy feliz, en el que me siento bien, que no quiero dejar. No dudo de que tendré muchas pasiones, mucha gente que querer, muchas razones para vivir. Pero si en el futuro este mundo esta muerto, y lo que siento al escribir, y los que voy a ver el lunes, y con quienes juego al fútbol los sábados, y mis rutinas y mis cosas, y los chistes, y los lugares, y los secretos y las miradas, si todo esto que soy en el futuro no existe, entonces... yo no seré quién viva allí. Y temo entonces, sí, dejar de existir. Yo y mi mundo. Aunque a veces creo en la eternidad...
(...)
4-El hombre-pez quedo solo, definitivamente solo. Y en la soledad de su último momento una lágrima resbaló por su mejilla sin que nadie la pueda ver. No era necesario que alguien la vea.
El fin de la humanidad dejaba entender todo lo que ella era.

Ahora Elba, la tenemos en lengua. Empezó bien, me gusta cuando dan estos cuentos, cuando lengua apunta a crear. Me sorprendió la respuesta de muchos compañeros a estas mismas preguntas, era muy parecido a cómo ellos eran. Igual, pienso que mi letra sigue siendo más simpática que la de la computadora. Y este cuento, da para pensarlo un poquito más..

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que genial cuento, al igual que su autor, el gran Bajarlia.

¿Será que el hombre es el rey de la creación? Como decís vos, da para pensarlo un poquito más

eze dijo...

En vísperas de navidad buscando cuentos simpáticos... la gente anónima no deja de caerme bien, jaja..